domingo, 21 de enero de 2024

Florecidas

 Margarita puede tener todas las flores que quiera. Aprendió la obediencia de su madre, Rosita, aunque es más bien entrega. En diminutivo, bien portadas, perfectamente educadas. 

Aprendió su personaje. Acepta las flores y sonríe como un laurel.

A veces quisiera encarar a las voces del optimismo y decirles “Dejame por favor estos minutos de autodesprecio, de pensar lo peor de mí, y después te prometo que vuelvo a quererme un poquito. Pero dejame estos instantes”. Quisiera decirles esto en calma, de frente, y que lo respetaran. Pero imagina las respuestas, las repercusiones, la pérdida de esa soledad que a veces está necesitando. 

En su casa las flores son perfectas, de plástico, para que nunca muestren decadencia.

Y por eso se queda en silencio. Por eso opta por alejarse un poco. A veces con un libro en mano (que sostiene delante de su cara sin leer realmente), o mirando distraídamente un menú (cuando ya decidió que pedirá el mismo café de siempre). 

Acostumbrada a esa estaticidad, una flor común la encanta. Se sobresalta. Es bellísima, pero imperfecta. Pétalos asimétricos, colores alterados. 

En un impulso la arranca. No es parte de su mundo, pero la guarda. Sabe que se secará, y aunque ya es naturaleza muerta, le saca una foto. No la comparte. No la postea. La guarda como un secreto. 

Su vida está llena de imágenes así. De bellezas ajenas y prohibidas. Construye su verdad desde fragmentos, pero aún es “Margarita”, así que cuida muy bien al personaje.




Se publicó en "Nuestros Escritores III", De S.A.D.E Filial Lomas de Zamora, RyC Editora 2023


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