No les creo.
Ni a las sonrisas, ni a sus promesas.
No creeré jamás.
A las palabras ni a su entonación.
A las manos ni sus caricias,
ni a las bocas con sus muecas.
No creo a la lógica superficial del brillo;
a las perfecciones tan radiantes como falaces.
No les creo.
Los suplicios de la decadencia,
siempre emanan de un pasado venturoso.
No les creo.
Su seguridad aparente
siempre ha sido más fugaz
que la más repentina de mis preguntas.
No les creo.
Será por eso que amo la metáfora.
No les creo.
Y me refugio en mis propias paradojas.
Se publicó en “El Faro de la Palabra”, Antología de Instituto Cultural Latinoamericano, 2024
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