Antonio
Santa Ana, Los ojos del perro siberiano: “Aprendí que la luz del sol es
Despiadada, son las sombras las que nos protegen”
Lo leí
a mediados de 2003.
21 de
junio 2004, después de una agonía, despiadada como esa luz del sol, fallece mi
abuelo, despidiéndose como quien dice “ya fue suficiente, ahora tengo que
descansar un poco”, terminando con su padecer, pero dejándonos a todos, aunque
bien sabíamos que el momento se acercaba, esperando señales que nos dieran
algunas palabras más de tu parte, perpetuando mi sensación de agonía por un
tiempo que ni yo llego a mensurar… Ese día había un sol radiante, que se
burlaba del invierno que comenzaba, y más que nunca, la frase de Santa Ana tuvo
un valor indecible para mí.
Al poco
tiempo después, producto de repetidas inundaciones que nos hicieron perder
entre otras cosas fotos valiosas, hicimos digitalizar varios negativos. Al ver
las fotos, encontramos la única foto con que yo daría imagen a este escrito.
Una foto de mis abuelos juntos, foto que al menos en mi casa nadie había visto
antes.
Septiembre
2012, después de tener tanto tiempo en mi mente la frase de Santa Ana, compré
el libro, que hacía ya nueve años que no leía, y si bien pude valorar mucho que
antes no había percibido, pude principalmente reencontrarme con esa frase, que
hacía tiempo dudaba “dura, dañina, hiriente… qué palabra usaba?... Despiadada,
la luz del sol es despiadada”. Lloré al reencontrarme con esa frase, con su
significado, pero principalmente por reencontrarme con lo que era para mí… Y
como vaticinio de las próximas semanas, aunque ni lo podía imaginar.
1 de
octubre de 2012, a la noche suena el teléfono y me entero de algo demasiado
doloroso, y de la peor manera… Era papá: “Hola Luz, estoy acá en Lanús, porque…
bueno, viste que falleció la abuela”. Se
me heló la sangre. La única que lo había sabido era mi abuela materna que justo
había llamado poco después que mi tía la encontrara. ¿Por qué suponían que yo
iba a saber? A sólo tres días de su cumpleaños 81, donde había estado bien,
aunque por tiempos, y algo que capaz nunca me perdone, no había podido verla,
nos había dejado, sin más que alguna foto sonriente de tres días atrás, y una
confusión terrible.
¿Sabe
Don Antonio? (Santa Ana), el día siguiente, 2 de octubre de 2012, llovió todo
el día… No por eso iba a ser menos doloroso, pero al menos era como si el mundo
que me rodeaba estuviera en sintonía, y no me sentía tan sola…
¿Cómo
contarles a todos lo que había pasado? ¿Amigos, compañeros? La foto. Nuevamente
la foto. Una foto de cuando yo ni existía (se nota que tiene más de treinta
años esa imagen), que encontré cuando mi abuelo ya no estaba, y ahora, la
recordaba cuando ya se habían ido los dos.
De mi
abuela me quedó más… Pude compartir varias tardes con ella, y me quedó una
noción más clara. De mi abuelo, como había empezado el camino de su deterioro
cuando yo era apenas una nena, me quedó la sensación de un gran misterio, y es
por eso que a veces pienso que esa espera de una señal que nos diga algo más de
él, para mí continúa, a tal punto que ya es parte de mí, y sin pensarlo,
encontrando algo de él, lo miro varios minutos tratando de “escuchar” lo que me
dice…
Sé que si
bien volví a leer hace poco a Santa Ana, en estos momentos me diría todavía
más, aunque todavía me tiemblan las manos cuando tengo el libro, y “Despiadada”
es una palabra que transcribí sólo por jactarme de poder recordar bien esa
frase, y no porque ya haya podido verificarlo volviendo a leer ese capítulo.
Hoy,
además de poder darle palabras a este dolor, he terminado de pintar un lienzo,
que hacía más de un año descansaba en un atril, avergonzándome por no poder
nunca ni empezarlo. Aunque el dolor sea inmenso, también es impulso, y es mi
decisión, si me empecino en quedarme en el lugar, y el impulso me haga hundir
en las profundidades de mi angustia, o acepto la oportunidad de que me ayude a
salir adelante. Espero estar decidiendo correctamente, y valerme del impulso no
me haga por el contrario perpetuar el dolor en mis pasos.