Precipita arena salada
en un torbellino de cristales
entre diáfanos y plateados
por los espejos que han caído.
No es el océano
quien enjuaga las palabras.
Precipitó también la luna
entre lágrimas de desvelo.
Así la sal entre la arena
no ha podido ser pronunciada.
Su nombre sigue siendo el silencio
entre los cristales teñidos de rocío.
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