Hay
cosas que cuesta tiempo entender. Me acuerdo que cuando tenía siete u ocho
años, miraba una serie infantil, en que los protagonistas eran dos hermanos.
Puede que lo escriba mal, pero creo que era “Pete & Pete” . En un episodio,
el menor de los hermanos, que tenía entre diez u once años, tenía algunos
conflictos con las reglas, y terminando hablaba con su madre sobre el miedo a
crecer. Siendo tan chica no entendía qué podía ser eso ¿Por qué alguien tendría
miedo a crecer? ¿Qué puede tener de malo? ¿Si nos hacemos grandes para
convertirnos en lo que soñamos?
Bastaron
un par de años. Cuando llegué a tener diez u once años, me di cuenta de que sí,
iba alcanzando metas, pero no por eso dejaba de asustar. Seguía viendo
distintas ficciones. Muchas veces veía representaciones de la adolescencia y no
las creía, me parecía falso. Si bien mi adolescencia estaba cerca no creía que
fuera a ser así, y pensé que me daba miedo por eso: ¿cambiar completamente o
ser siempre diferente?
En mi
adolescencia en realidad cambié bastante, pero seguía diferenciándome de esas
“estructuras”. Entonces pensaba “Capaz el miedo a crecer termine después de
esto”.
Es
curioso pensar que después me daba miedo pasar a “la edad sin nombre”. Se dice
“jóvenes, pero eso es un adjetivo, ¿qué somos en realidad?”
Pero
seguía (sigo) preguntándome ¿y hasta cuanto sigue este miedo a crecer? ¿Estas
dubitaciones? ¿Esta incertidumbre? Y me doy cuenta de que se trata siempre de
“abandonar la seguridad”. El terreno seguro al que llegamos, para arriesgar,
para lograr algo más. Entonces en realidad no se termina nunca este miedo, sólo
que con el tiempo encierra cierto placer. El vértigo del crecimiento, la
adrenalina del aprendizaje.
Y sí,
verdaderamente, no siempre es placentero, pero nunca deja de ser emocionante.
¿Vale
ahora apostar por más?
Creo
que vale la pena apostar que así es.
No hay comentarios:
Publicar un comentario