Víctor
Frankenstein halla su tormento abrazando a un Prometeo que abraza su condena.
Quise
evitar ser una piedra para el resto y lo conseguí pagando el precio de dejar de
abrazarme a mí misma.
Me
halagan una juventud que no siento, una capacidad que dejé escapar entre los
dedos por sostener una farsa.
Me
arrebataron de las manos el papiro que me nombraba. Se hizo cenizas ante mí la
melodía que me impulsaba, desconozco el color de mis ojos.
Sentí
que se me abría el pecho. Muchas veces ya quise contenerlo, pero esta vez cedí.
Todo mi ser me pedía que el latir se liberara. Ya me dolían las palmas de tanto
retenerlo, y lo permití.
Ahora
grito. Abrazo mi propia piedra, pero sin lamentarlo. Veo muchas luces que se
alejan. Me duele, pero “Prefiero mi tormento a su servilismo”.
Soy más
impulsiva y directa. No gustará, pero siento que no me conozco, y es necesario.
Regresa
mi verdad desde el averno a donde la envié por establecer un falaz pacto con el
mundo. A partir de ahora existo.
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