Tener el corazón roto me obligó a regresar.
Fue una lágrima mi único y primer poema.
Una sonrisa en el viento, descorazonada.
Hasta morir en una mueca falaz,
Una estrepitosa farsa inverosímil,
Que regresa para llorar la lágrima primera,
Reverdeciendo en un destello sin nombre.
De mis labios brota la sonrisa,
esa burda mentira eléctrica,
que crispa mis manos sinceras.
Sinceridad muda pero transparente,
que me obliga a buscar reparo,
en algún claro del bosque de la mímesis.
Somos todos al final nuestras marionetas,
actores de la misma farsa grotesca,
ocultando a la tragedia detrás de la comedia,
para derrumbarnos luego
con la destrucción de ambas máscaras.
Se publicó en “Siglo XXI”, Ed. Tahiel, 2019