Sé que debo ser árbol,
y cual roble nunca bajar los brazos
soportando incluso las peores tempestadoes.
Pero me removieron parte de la corteza.
Llegaron a mis zonas más vulnerables.
Me hirieron dolorosamente
y con la savia que lloré y sangré
pinté las paredes
para recordarme a mí misma mi vergüenza.
Las marcas serán siempre visibles.
Para mí no existen las cicatrices.
Sólo puedo soportar este dolor,
hasta que casi desaparezca.
La corteza quitada vuelve a crecer
y con más fuerza cada vez.
Pero más dura es la corteza,
más frágil es lo que oculta,
más débil como siento mi ser.
Soy hoy mucho más vulnerable
de lo que me creí posible.
Mis brazos continúan en alto,
pero no sé por cuanto tiempo más
podré mantenerme así.
Es sabido que mi voluntad no conoce límites,
pero mi fuerza sí,
y siento que se me va agotando
Se publicó en “Siglo XXI”, Ed. Tahiel, 2019
No hay comentarios:
Publicar un comentario