No importa que sea invierno,
primavera, o verano.
Llegué en otoño,
y voy a suspenderme en un otoño también.
No quiero imaginar mi muerte
como un invierno,
con los árboles desnudos sin más.
Prefiero pensar en árboles
que se preparan para un invierno,
pero que aún les queda algo.
El atardecer de la vida,
el otoño de la existencia.
No concibo días sin importancia,
sin una intensidad particular.
Siembro, y habiendo dejado algo,
mi muerte será un otoño.
El fin de muchas cosas,
pero con un germen en latencia
que se presiente.
Mi partida no será un invierno gélido,
sino más bien un otoño,
con un legado perenne.
Se publicó en “Siglo XXI”, Ed. Tahiel, 2019
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