En un mediodía soleado, la familia prepara la mesa.
Casi como emulando a Recabarren, repiten el ritual.
Se copian idénticas las palabras, las sonrisas, los abrazos.
Todo sigue su natural proceder, pero no es un texto de Bioi.
Todo sigue su curso hasta que a ella se le cae el salero.
Cae, la sal sobre la mesa, un derramar de arena final.
Ella bromea al respecto, todos sonríen,
pero la música ya no es la misma.
Termina el almuerzo, y todos se saludan.
Pero ahora las sonrisas ocultan una sombra,
las palabras se esfuerzan un poco más,
el abrazo se prolonga, y el adiós se demora.
Su cuerpo frágil,
como un presagio la ensalsan.
El aplauso cierra un homenaje.
La verbena, el nazareno,
las flores de su voz.
“Estoy viva!” es su grito
y un par de lágrimas,
como aceptación del tiempo.
Nadie lo ha dicho, pero hasta las paredes lo saben.
En silencio, lentamente.
Se ha iniciado la danza de la despedida.
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