sábado, 4 de noviembre de 2023

Divague Insomne

 Más tiempo para almorzar. Más tiempo para dormir. Más tiempo para besar. Y de repente sí. El tiempo está acá, te llena las manos, y está al alcance de los sueños. Pero no, no llega… O llega, sí, pero de sobra. No se detiene la procrastinación. Sigo postergando pendientes. ¿Quería más tiempo? Quería, o queremos, lo que no podemos. He estado soñando con más tiempo. Pero estos días he dormido y me he visto saliendo a caminar. Me encontré frente a una puerta esperando ver a alguien. Me encontré tomando un colectivo para ir a estudiar. Me vi yendo al banco para completar un trámite. ¡Llegó el día en que esas ínfimas libertades sujetas a obligaciones son algo soñado! En la Italia de hace un par de siglos, con el romanticismo, la tarantela surgió como una medicina. Contaban que bailándola se inhibía el veneno de la tarántula. Pero la tarántula nunca fue venenosa. Su veneno daña a quien se queda quieto… Entonces bailo, bailo para que no me mate el veneno del aguijón del olvido ni la quietud. Bailo para que cuando llegue el momento ya esté bailando... Bailo no porque ya alguien lo esté haciendo, sino para iniciar el arte del movimiento... Y bailar fue un deseo, pero se me paralizaron los pies. Y quise escribir, pero se me estancaron las manos. Entonces me descubro en el mismo vórtice de muchos frente al temor, no tanto por los motivos como por lo novedoso. Y mientras pasan más horas, de estos días con sabor a semanas, me pregunto si es por el vacío de las horas, o por el insomnio al que me arrastra el temor a este vacío, que me enfrenta nuevamente a mis fantasmas.


Se publicó en “Diario de Una Cuarentena”, Ed. Tahiel, 2020

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