Sabía que solamente podía verse lo que se conocía. Tenía la certeza de que quienes no temían pasar un tiempo en la oscuridad no lo habían reflexionado. Todo lo desconocido que se presentara podía actuar sin que pudiera anticiparse. Estaba segura de haberlo sabido, pero los niños tras madurar se van olvidando y lo mismo le había pasado a ella, Pilar. Venía soñando cosas que apenas recordaba, pero siempre se trataba de hechos turbulentos, incluso cruentos, pero siempre en medio de las sombras. Sabía que sería peligroso. Aunque la curiosidad fue más fuerte.
Esperó el momento previo a la madrugada, cuando la oscuridad es mayor, y cerró todo. No podía usar nada, porque el más mínimo destello de luz lo arruinaría todo.
Solamente escribiría en una hoja de cartón con un grafito (nada que pudiera brillar o reflejar).
La distraían los sonidos de su propia respiración, pero se fue controlando. Le zumbaban los oídos, pero se concentró más. Empezó a percibir cosas y fue dibujando como pudo, ya que no hallaba las palabras. Temblaba, pero estaba funcionando. Jadeó pero no se escuchó, empezó a notar que ya no se percibía. Lo último que sintió fue una mano rodeando sus hombros, y un susurro que le confirmó su error. No había criaturas en la oscuridad. Era la oscuridad misma incorporándola.
Por la mañana encontraron extraños garabatos, pero ni rastros de Pilar. Solamente se percibían figuras salidas de pesadillas, y la única figura humana se veía inconclusa y con heridas de garras
Después de horas de rastrillajes oscureció y uno de los detectives separado del resto en medio de la oscuridad la vio. Sus ojos desorbitados y llorosos no se movían, pero pudo susurrar, “me atrapó la oscuridad”.
No supo explicarlo a sus superiores y dieron por cerrada la investigación, Concluyeron que se habría caído al lago. Estaban lejos, pero no tanto. Allí por las noches reinaba la oscuridad.Se publicó en “Tiempo de Sombras”, Ed. Tahiel, 2022
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