Soñé que me llevaban de la mano
a bañar mis pies en el fin del mundo.
Quise sentir su aire
y ver atardecer sobre la sal
en los brazos de un tío lejano
que sólo pude oír en mis sueños.
Los vuelos de la muerte fueron otros
pero esos también se los llevaron.
A cuarenta años todavía sangran las manos
cuando el dorso del mapa es un arma
y me hiere los dedos para recordar.
Me abraza el insomnio con sus preguntas.
necesito saber dónde están los huesos
los restos de cada joven, las memorias.
Necesitamos certezas, ver nuestra bandera.
El dolor es un acto egoísta
que me hace tomar la primera persona
cuando el singular es para ellos
para cada uno en su trinchera
esperando que levanten las barreras
y podamos llevar una flor de ceibo
que desafíe a sus dos rosas irreverentes.
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